Se terminó. Un año de auténtica locura para los whovians. Auténtica y, quizás, demasiada. Nueva companion, nuevo Doctor, aniversario, regeneración, despedida. Creo que no nos van a venir mal los meses que tenemos por delante hasta el inicio de la octava. Espero, sinceramente, que nos aburramos mucho, que no haya noticias y que nos dé, nos den, tiempo para asimilar, pensar y, sobre todo, tranquilizarnos. Como espero que la era Capaldi sea sinónimo de madurez.
Doctor Who es una serie para niños (se supone) que es altamente disfrutable por los adultos. Por su tono, por las bromas, por los planteamientos espacio-tiempo, vida eterna, soledad, amistad, todo nace y todo muere. Lo que no es, ni debe ser más, en mi modesta opinión, es una serie carne de teenfandom. Carne de suspiros, lloros, histerias, y posturas enfrentadas y radicales basadas en las revoluciones hormonales propias de determinadas edades. No. O no tanto, al menos. No debe confundirse a todo el fandom de Doctor Who con esa parte. Parte respetable, pero no verdadera.
Por eso, espero y deseo, que Peter Capaldi haga criba dentro de los fans. O mucho me equivoco o esa fue una de las intenciones principales de su elección. Una vez más, gracias, Moffat.










